Madrugada del 21 de julio de 1910. La fría brisa de la noche pirenaica golpea los rostros soñolientos y las piernas exhaustas y fibrosas de un grupo de 59 corredores dispuestos a tomar la salida de la décima etapa del Tour de Francia. Se encuentran en Luchon, localidad coqueta en el corazón de los Pirineos y conocida por la bondad de sus aguas termales. Son testigos directos de la primera etapa de alta montaña de la historia del Tour. Una etapa que roza la epopeya, una odisea de 326 kilómetros hasta la localidad de Bayona, al borde del Atlántico.
Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque son las dificultades montañosas que deben superar. Colosos pirenaicos que, desde entonces, se convertirán en algo más que simples pasos de montaña: alcanzarán rápidamente la categoría de leyenda, de mitos. Y es que, sobre sus rampas, se ha cimentado una gran parte de la historia de este deporte.

Perfil de la etapa Luchon-Bayona del Tour de 1910
Ellos son los pioneros del Tour, el de un ciclismo primitivo y rudo. Ataviados con pesados jerséis de lana, moviendo con la fuerza de las piernas sus pesadas máquinas de hierro y cargando su propia comida y herramientas. A su paso no hay más que caminos polvorientos, embarrados y salpicados de continuos socavones, como si hubieran sido atacados por un bombardeo.

Octave Lapize durante el Tour de Francia 1910. France Press
Octave Lapize y su aventura pirenaica
Dentro del exiguo pelotón emerge la figura de Octave Lapize. Un parisino de bigote decimonónico, delgado y fibroso, con una fisonomía preparada para condiciones extremas. El año anterior consiguió ganar en la París-Roubaix, el Infierno del Norte. En esta etapa pirenaica de 1910 grabó para siempre su nombre en los anales de la historia del Tour y del ciclismo. Lapize se convirtió en el primer ciclista de la historia en coronar Peyresourde, Aspin y Tourmalet. En el Tourmalet, con veinte kilómetros de longitud y pendientes por encima del 7%, Lapize hizo buena parte de la subida a pie, empujando su robusta bicicleta por un agrietado camino. En la ascensión siguiente, en el Aubisque, Lapize acabó harto e increpó al personal de la organización “¡Son ustedes unos asesinos, sí, unos asesinos!

Octave Lapize empuja su bicicleta en las rampas del Tourmalet. Foto: Cordon Press
Lapize acabaría ganando la etapa en Bayona. El ciclista galo empleó más de 14 horas para superar los 5.600 metros de desnivel. Solamente acabaron 10 corredores dentro del límite de tiempo establecido por la organización. La jornada fue una gesta con tintes apocalípticos. Lapize acabaría imponiéndose en aquella edición del Tour de Francia. Su primera y única gran vuelta.
Unos años más tarde, estalla la Primera Guerra Mundial y es llamado a filas. La vida de Lapize se terminaría en un simbólico 14 de julio de 1917. El infierno de la guerra acaba con el héroe de los Pirineos. Él, que a buen seguro hubiera debido estar sobre una bicicleta en aquel verano de 1917, es uno de los millones de víctimas de un conflicto que inunda de sangre el viejo continente. Tenía 29 años.
El Gigante del Tourmalet
En la cima del Tourmalet, con unas vistas impresionantes al valle de Baréges,se erigió en 1999 en honor de Lapize una monumental escultura de tres metros de altura denominada “El Gigante del Tourmalet”. Que sirve para que cientos de miles de cicloturistas cada año se puedan fotografiar para testimoniar que han subido hasta la cima más mítica de los Pirineos. Cada dos años, una marcha cicloturista, la Cyclomontagnarde Luchon–Bayonne, se celebra para homenajear a los pioneros de la primera historia pirenaica del Tour de Francia.

El Gigante del Tourmalet, escultura en honor a Octave Lapize.