La cicloturista de Strade Bianche: barro, épica y emoción en los caminos de Siena

Cuando la épica empieza antes de pedalear

La jornada profesional había terminado. Las imágenes del pelotón de élite todavía flotaban en el ambiente cuando, como ya es tradición en Siena, llegó el turno de nosotros, los verdaderos protagonistas silenciosos de esta historia: los cicloturistas.

Más de 8.500 aficionados tomamos la salida, a los pies de la Fortaleza Medicea de Siena, de la cicloturista de Strade Bianche, una prueba que cada año nos reune, apasionados de este ciclismo de grava y tramos de Sterrato, llegados de todos los rincones del mundo.

En esta edición, además, el carácter internacional volvió a ser evidente: alrededor del 35 % de los participantes procedían del extranjero, una señal clara del magnetismo global que ejerce esta cicloturista sobre quienes buscan algo más que kilómetros sobre asfalto. Fuimos colombianos, españoles, holandeses, franceses, estadounidenses, australianos y una incontable lista de ciclistas de todo el mundo, acompañando al ciclista italiano, apasionado por naturaleza.

Pero antes incluso de comenzar a pedalear, el día ya había decidido escribir su propio guion.

Durante la noche había llovido sobre las colinas de la Toscana. Y aunque al amanecer la lluvia había remitido, sus consecuencias estaban muy presentes: barro en los caminos, humedad en el asfalto y un terreno que exigía respeto desde el primer metro. Parecía que pedaleábamos sobre un asfalto bañado por jabón…

Para algunos cicloturistas aquello generaba dudas antes de empezar. Para otros, era exactamente lo que hace única a la cicloturista de Strade Bianche: un recorrido que nunca se presenta dos veces de la misma manera. Esta tercera edición sabía que iba a ser diferente y así fue, el barro fue mi mejor aliado, mi peor enemigo.

Los primeros tramos de Sterrato: barro, técnica y concentración

La salida desde Siena se desarrolló con cautela, fríos y rápidos como viene siendo habitual, pero con el asfalto mojado. Los primeros kilómetros fueron rápidos para subir la temperatura corporal, me permitieron mantenerme en el pelotón con un ritmo animado, pero todos sabíamos que la verdadera prueba comenzaría en cuanto aparecieran los primeros sectores de Sterrato.

Y no tardaron en llegar. Los tramos de Vidritta, Bagnaia, Radi y La Piana nos recibieron con una mezcla incómoda de grava húmeda y barro reciente. Allí la lluvia de la madrugada había dejado su particular huella. Ya era una jornada épica.

La rueda trasera buscaba tracción mientras el manillar exigía firmeza. Ya sentía cargados los hombros, el cuello y los músculos del trapecio. La tensión se palpaba en el recorrido. Cada curva requería precisión y cada pequeño ascenso obligaba a encontrar el equilibrio entre fuerza y control. No era un terreno para precipitarse. Era un terreno para leer el camino metro a metro.

En esos primeros sectores se respiraba una mezcla de tensión y fascinación: el barro pegándose al cuadro, el sonido de la grava y ls tierra suelta bajo el cuadro de la bicicleta y esa sensación tan particular de estar rodando en un paisaje que parece sacado de otra época del ciclismo.

Aquí, más que nunca, la cicloturista de Strade Bianche recordaba que la técnica también es resistencia.

Aquí, más que nunca, la cicloturista de Strade Bianche recordaba que la técnica también es resistencia.

Serravalle y San Martino in Grania: la tierra se asienta, el ritmo aparece

Con el paso de los kilómetros, el terreno empezó a cambiar.

La cicloturista de Strade Bianche entre tramos de Sterrato
Gran Fondo Strade Bianche 2026 entre tramos de Sterrato y mucha emoción

Los sectores de Serravalle y San Martino in Grania presentaban una pista mucho más asentada. La lluvia había compactado la tierra, creando un firme y rápido Sterrato que permitía rodar con mayor fluidez. Después del barro inicial, aquellos caminos parecían ofrecer un pequeño respiro.

Pero en Strade Bianche los respiros nunca son completos. El terreno seguía siendo irregular, con continuos cambios de pendiente que obligaban a gestionar bien el esfuerzo. Aquí el grupo comenzaba a estirarse, cada ciclista encontrando su ritmo mientras el paisaje de colinas toscanas acompañaba cada pedalada.

Fue uno de esos momentos donde el ciclismo se vuelve casi hipnótico: el sonido constante de las ruedas sobre la tierra compacta, la vista abierta de los campos y la sensación de que el recorrido te va absorbiendo poco a poco. La cicloturista de Strade Bianche tiene esa capacidad única: transformar el esfuerzo en una experiencia profundamente inmersiva.

Colle Pinzuto y Le Tolfe: donde la leyenda vuelve a imponerse

Pero todo el mundo sabía que lo más exigente todavía estaba por llegar. Porque si hay sectores que definen el carácter de esta cicloturista, esos son Colle Pinzuto, a.k.a Sector Tadej Pogačar, y Le Tolfe. Dos cotas que, para cualquier aficionado al ciclismo, evocan inmediatamente imágenes de esfuerzo, polvo… y épica.

En esta edición, la lluvia había dejado un terreno particular: menos grava suelta y más pista de tierra compacta, lo que transformaba el desafío en algo diferente. La tracción era mejor, sí, pero las pendientes seguían siendo implacables.

La cicloturista de Strade Bianche nunca defrauda con Le Tolfe y Colle Pinzuto en el horizonte
Strade nunca defrauda con Le Tolfe y Colle Pinzuto en el horizonte

Aquí el terreno deja de negociar. Las rampas obligan a encontrar cadencia cuando las piernas ya están cargadas, mientras la concentración debe mantenerse intacta para no perder la línea buena en cada curva.

En esos metros finales de esfuerzo se entiende perfectamente por qué estos sectores forman parte de la identidad del evento. No son simples tramos de tierra. Son escenarios donde cada ciclista se mide consigo mismo. Y donde cada pedalada tiene algo de desafío personal. Los estragos en los compañeros de aventura se sentían con gritos de calambres y tirones musculares inesperados. Yo iba como la seda para suerte mía.

El final que siempre justifica todo

Después de los últimos kilómetros, Siena vuelve a aparecer en el horizonte como una promesa. El cansancio ya está instalado en las piernas, el barro seco cubría nuestros maillots y nuestras bicicletas equipaciones, pero todavía quedaba el último capítulo de esta historia.

La subida por Via Santa Caterina volvió a ser el examen final. Sus rampas, que superan el 15 %, siempre obligan a exprimir las últimas reservas antes de entrar en el corazón de la ciudad.

Y entonces, de repente, el esfuerzo se transforma en recompensa. La Piazza del Campo apareció ante nosotros los cicloturistas como uno de los finales más bellos del ciclismo mundial. Allí, entre aplausos, bicicletas cubiertas de polvo y sonrisas de satisfacción, se cierró una jornada que tuvo de todo: barro, técnica, esfuerzo y emoción.

La cicloturista de Strade Bianche: siempre una experiencia fantástica

Porque cuando el ciclismo se adentra en los caminos de tierra de Siena, deja de ser simplemente un deporte. Se convierte en una experiencia total, una narrativa personal que cada participante vive a su manera. La lluvia de la mañana, el barro de los primeros tramos de Sterrato, la velocidad sobre la tierra compacta y la dureza de los sectores míticos forman parte de una misma historia.

Una historia que explica por qué la cicloturista de Strade Bianche no es solo una prueba del calendario. Es un evento que se recuerda con el cuerpo, con la mente… y con la sensación de haber formado parte, aunque sea por un día, de una de las grandes leyendas del ciclismo actual.

Por Juan Ramírez

Apasionado por el deporte. Busco mis límites con entrenamiento, nutrición y ejercicio responsable.